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Para hacer un recuento de la larga historia del restaurante Doña Elvira, vale la pena recordar la anécdota que dió origen al mismo: Transcurría el año 1934 cuando la señora Tránsito Nizo de Carvajal, natural de Chía y radicada en Bogotá con su esposo, el joven constructor Jesús Carvajal Zárate, y sus cinco pequeños hijos, decidió invitar al doctor Guillermo Pulecio (director de la Clínica Marly) a almorzar en su casa para celebrar del día de su Santo (15 de agosto, día de la Virgen del Tránsito) y de paso, agradecerle las atenciones médicas que el Doctor Pulecio prodigaba a la familia.


Es de imaginar el menú de aquella ocasión: sobrebarriga preprada en horno de carbón, papas chorreadas y la infaltable torta de menudo que doña Tránsito tenía como especialidad hogareña.






Terminado el almuerzo se dió paso a la conversación y entre risas, chistes y anécdotas, el Doctor Pulecio le sugirió a Doña Tránsito que abriera las puertas de su casa para aprovechar la cercanía de la Clínica y atender al personal:  La idea no les sonó mal a los esposos Carvajal Nizo, a pesar de que en aquella época no era bien visto que una mujer se ocupara de menesteres distintos a las tareas del hogar.  Pero las obligaciones económicas que se enfrentan con cinco hijos, hicieron emprender la gastronómica aventura.

Fué así como a  finales de 1934, en compañía de una joven moza de nombre Clementina, doña Tránsito abrió su negocio en la Carrera 14 (hoy Avenida Caracas) No. 50-50, con unas poca mesas en el solar pero con los más exquisitos platos de la comida bogotana.  Los fines de semana había espectaculares cuchuchos, mazamorras, huesos, tortas, que la creciente clientela disfrutaba y ensalzaba.  Manos prodigiosas las de Doña Tránsito para cocinar!!!

Era una mujer trabajadora y de carácter.  Su amena conversación salpicada de refranes y dichos, muchos de su autoría, amenizaba su labor...  pero también era exigente y seria cuando la ocasión lo requería.   “Los que ya almorzaron que levanten el censo”, decía en alusión al “sieso”, para que despejaran las mesas y así, evitar la aglomeración y demoras en el despacho de sus viandas.
También se sabía que si una mujer era la primera clienta de la jornada, no la atendía:  prefería iniciar venta con hombres o con mesa mixta.  Cuestión de agüeros!!  A veces les aconsejaba a las damas que debían aprender a cocinar para sus esposos y sus hijos, en lugar de comprar la comida para llevar a las casas.  La familia primero, caramba!  Tal como ella cumplía con los suyos.  Y contrario a lo que pudiera pensarse, esas reprimendas resultaban graciosas y aumentaban el número de asistentes.

Pero cuando las cosas iban viento en popa, se truncó la felicidad.  Un accidente laboral cortó la vida de su esposo Jesús Carvajal a la temprana edad de 35 años.

 

Se pone a prueba la fuerte pesonalidad de  Doña Tránsito y sin desmayo enfrenta la realidad:   Alvaro, Marcos, María, Jaime y Miguel (este último de brazos aún) son cinco hijos por quienes hay que seguir la lucha sola y con apenas 29 años de edad.

En esta nueva etapa pasaron 14 años de duro trabajo, durante los cuales  se fortalece el negocio gracias a una clientela creciente.  Médicos, deportistas, empleados y  trabajadores de recordadas empresas como los “marranitos” de EDIS, los “sapos “ del acueducto, los “patiasaos” de la pavimentación, y los “micos” de la energía, iban en busca de la riquísima comida y el reconfortante jarro de chicha, o de la amarga que a veces departían con Doña Tránsito.

Llega el año de 1948, tan ligado a la historia de nuestra ciudad, como que se identifica con el “bogotazo”.  Se cumple un hecho importante:  con un capital de $4.500 doña Tránsito compra una casa lote en la carrera 21 No. 50-50, para mayor seguridad de sus muchachos y la ampliación del resataurante.

 

Y allá,  en Chita (Boyacá) a muchos kilómetros de distancia, doña María Luisa Vargas da a luz a la niña que años más tarde seguirá la ruta de esta historia:  MARIA ELVIRA PORRAS VARGAS.

El nuevo local en el Barrio Alfonso López estaba cerca a la Iglesia de Santa Marta, al que fuera hipódromo de la 53, al Estadio El Campín, centro de la novedosa acitividad futbolera que en ese año se torna profesional y el público hace del restaurante el centro de la comida típica.  Lo bautizan “Los Zuros”, porque en el lote hay palomeras que atraen estas  avecillas.  Se hacen famosas las tertulias de jinetes, futbolistas, artistas, etc., que le dan un aire cachaco al lugar.

Tras  40 años de duro trajín, Doña Tránsito ve con satisfacción que su tarea va culminando:  los hijos forman su propio futuro y después de colaborar en el ajetreo del restaurante, emprenden trabajos distintos.

Y aquí entra en juego el destino!!

A los 15 años de edad viene a conocer Bogotá y a visitar a sus hermanos la joven MARIA ELVIRA PORRAS VARGAS, prodecente de Chita (Boyacá), con un plan de sòlo 15 días de permanencia en la capital.

Pero en su camino apareció el joven contratista de pintura Marco Antonio Carvajal Nizo (segundo hijo de Doña Tránsito), con quién formó su hogar.  Ella, criada en del duro trabajo del  campo, colaboraba en las jornadas de su compañero entre brochas, estucos, pinturas... y en la casa de su suegra, entre ollas, peroles, fogones y cucharones.  Esa formidable capacidad de trabajo despertó la admiración en su suegra, quien  con su chispeante forma de hablar y su franqueza, no dudó en elogiarla diciendo:  “Esa muchacha es una berraca”.

En 1967, cuando Elvira tiene 19 años y un mes de embarazo, doña Tránsito delega el funcionamiento de la cocina en la joven boyacense.  Y se repite la historia:  ella también tendrá cinco hijos, un restaurante y una clientela a quienes atender sin desmayo.

Andrea Liliana, Patricia, Marco Antonio, Dante y Emma, reciben sustento y formación desus padres:  todos van  a estudiar en busca de un mejor futuro y los frutos de su empeño hoy están a la vista.

A los 14 años de haber tomado el manejo del negocio, logran adquirir una casa en la calle 50 No.  20-26, sede actual de la Empresa, donde se mejoran las condiciones de la vida familiar  y se consolida el restaurante de Doña Elvira, el más sólido nombre en comida típica

 

Los hijos del matrimonio Carvajal Porras dominan los pormenores del restaurante, pues todos trabajaron en su momento en el mercado, en la cocina, en el lavado de la loza, en la atención a las mesas, etc.  Se graduaron en diferentes areas profesionales, pero hay un núcleo que conserva la unidad familiar:  el Resataurante.

El paso del tiempo y el esfuerzo cumplido hacen pensar  a Doña Elvira en el futuro:  quién conservará la auténtica sazón, el estilo de la comida y la atención a la clientela?

Dante da la respuesta.  El hijo menor es quien hereda la habilidad culinaria de madre y abuela, y se pone al frente del escuadrón de ollas, cucharones, pailas y demás elementos que  en sus manos se convierten en “instrumentos de laboratorio” para producir los más exquisitos platos que se puedan encontrar en la competida oferta culinaria de la ciudad.  Es así como el restaurante Doña Elvira recibe altos conceptos de gourmets tan autorizados como Roberto Posada García Peña “D'artagnan” y Kendon Mc Donald, ente otros.

Andrea Liliana, Patricia y Emma, tienen a su cargo la parte administrativa, Marco Antonio, el folklórico, también trabaja a su manera en este empeño familiar.  Y Doña Elvira, como buena directora de orquesta, sigue con la batuta en la mano.  Es ella quien supervisa la calidad de los ingredientes, controla la preparación, da el visto bueno al sabor y ordena al personal para el rápido y eficiente servicio a los comensales.

Punto aparte son  sus ratos de descanso, que los comparte con sus nietos Sofía, Juan Pablo y Santiago.  Porque la vida sigue... y seguirá por  muchos años, con el reconocimiento a una familia forjada en el trabajo, que conserva la tradición de la comida bogotana y nos da el placer de saborear lo que nos gusta.